La vida es un café sabroso por la mañana, mejor si es después del sexo, claro está.
La vida no es un batido de herbalaif y un tallado imaginario frente al espejo cada despertar.
La vida es el primer y cada llanto de los hijos, las carreritas bajo la lluvia, verlos trepar una mata de mango y ver cómo sonríen desde las alturas, verlos soltar las alitas y mirar de lejos o de cerca ése vuelo propio. Sin juicios, sin pertenencias.
La vida no es despertarlos a las 5 de la mañana para llevarlos a un salón de clases a que los repriman en colectivo, y de ñapa, enseñarles que desde ya, a esa hora se empieza a esclavizar la vida.
La vida es la juntura, el pensamiento liberador, la fuerza y la valentía para librar las guerras, la conciencia de ellas.
La vida no es la soledad individualista, el miedo cómo agente causal de angustias miserables.
La vida es un RCP exitoso, un latido cardíaco sin soplo ni galope, es una onda QRS perfecta.
La vida... sólo ella importa...siempre ella... Por ella es la lucha; por la vida, y como dijo el poeta: es a muerte.
Cuando me envuelves con el aire caliente mi humedad se enfría y se satura ... entonces aparece la niebla ... o la lluvia. ¿A que estábamos pensando en lo mismo?
martes, 30 de abril de 2013
Para otras vidas... algunas muertes.
sábado, 23 de febrero de 2013
A tí... ¿Con amor?
Caracas está muerta, sus gusanos tratan de devorar la poca carne pútrida que se le adhiere levemente al hueso. La roen a más no poder.
Lo descubrí recién, cuando en un ataque de osadía terrorista y valentía impertinente decidí venir aquí para ser una especie de "especialista certificada" (ésas mamaguevadas de la vida).
Aquí todas las historias se parecen, rostros y rastros desconocidos se agolpan en mis pupilas, tropiezo torpemente con ellas, queriendo adivinarlas y me percato perdida. Pero sí, quiero adivinar, adivinar qué piensa ésa mujer cuya mirada se incrustó en el piso del vagón del metro desde que abordó en "Los Dos Caminos" hasta que se bajó en "Capitolio". ¿De qué tamaño serán sus miedos? Gigantes seguramente, no pueden ser minúsculas con cientos de años de dolor a cuestas. La veo y me veo, porque de seguro soy yo tratando de no rendirme, o mi madre tratando de que sus ojos milenarios sean más llamativos que sus tristezas. Sí, algunas de las tristezas de mi madre yacen en esta ciudad de ruidos, pero yo no vengo a redimirlas. Ése tiempo ya pasó.
Caracas está muerta, a pesar de que el Waraira es un cardiovertor a doscientos veinte jules que intenta inútilmente darle vida. Es un cadáver que levita entre torres: Las torres de parque central, las torres del silencio, la torre de La Peevisora, la torre I donde vivo, las torres con campanarios en la maldita iglesia que suenan cada mañana a las seis y treinta a eme despertando mis temores.
Torres: una oda al poder que bombardea permanentemente las veinticuatro horas del día, símbolos que se erigen como recuerdo de lo que nos oprime por los siglos de los siglos.
Lo descubrí recién, caminando por la avenida que me corteja con ese frío insolente y su ruido ensordecedor, es la misma avenida que muestra a la candorosa maternidad donde nací, donde después de cortar mi cordón umbilical lo lanzaron a un pote de desechos contaminantes junto con la placenta que me alimentó. Sí, aquí también yacen gotas de mi sangre. Pero yo no vengo a redimirlas. Ése tiempo no ha llegado.
Caracas nunca será más que un buen terreno para la guerra y de vez en cuando un papel limpio para la poesía.
(No amigo, no lo creo)
viernes, 21 de octubre de 2011
Del inconveniente de haber llorado.
Club de los corazones resquebrajados
La mujer recostó la cabeza en la suave y acolchada almohada, su rostro húmedo por las lágrimas salobres ambientaban el momento, su nariz también lloraba hilos de mucosidad, resoplaba y retomaba el llanto, tan fácil como estrella de cine en su mejor momento.
Una más, otra, otra más y se durmió.
Al día siguiente la mujer despertó con el rostro hinchado, los ojos ardientes, los labios secos, el alma toda deshidratada. La mujer se levantó, con mucha paciencia, se duchó, quiso llorar pero no brotaron lágrimas de sus ojos rojos, sintió la angustia urgente por la voz que no llegaba, la piel que no tocaba, la sonrisa que no veía, la alegría que no compartía, las historias que no oía, los besos que no sentía, por el tic tac de la vida que se iba implacable, insolente, ganador.
La soledad, en su inefable transitar puede arrastrar todo lo que consigue a su paso, incluso lo más sólido, pero no lo hace por maldad, lo hace porque necesita compañía.
El cantar del nuevo día es imperceptible para la mujer que llora.
Al igual que la soledad... No, mejor que la soledad, la miseria es obstinadamente inmisericorde, con grandes uñas arranca la esperanza y las risas no florecen en medio de la miseria. Al igual que la soledad, la miseria no lo hace por maldad, lo hace porque necesita testigos.
El aroma de las flores es imperceptible para la mujer que llora.
La mujer comió un cereal desabrido, pensando siempre en que la figura importa, bueno, solo a medias porque el ejercicio la odia tanto como ella a si misma.
Las calorías son las fauces del diablo que gritan de felicidad cuando la mujer llora.
La mujer durmió, descansó, volvió a dormir y despertó, la mujer escuchó a lo lejos la melodía citadina y salió, el sol la saludó gustoso, la mujer respiró, levantó su nuevo rostro al viento y tarareó, tarareó una canción desconocida, no, no lo era tanto, solo era otro ritmo, otra letra, apenas nacían la notas musicales para esa nueva versión.
El mundo es amigable y sonríe para la mujer que ha dejado de llorar.
miércoles, 5 de octubre de 2011
El duende de las metras
“Yo era vicioso como tú, jugaba en todos lados y contra quien sea, no me importa si son mas grandes que yo o si tienen mas pichas que yo, juego igual, sin miedo. Una tarde jugué en mi casa hasta las 6, y poco a poco cada uno de los jugadores se fueron retirando, la noche cayó rápido y cuando me di cuenta ya estaba todo oscuro y estaba solo en ese patio, no me importó y seguí solo, me agaché, hice la riña y encerré en el circulo 5 metras, cundo puse la última vi una sombra a mi lado, pensé que era mi mamá que venía con un regaño pero no, la sombra se difuminó un poco y luego vi unos zapaticos feos frente a mi, del otro lado de la riña, alcé la vista y lo vi, era un duende, tenia una camisita marrón con botones dorados que brillaban en la oscuridad, los pantalones eran verdes y tenía listones igual de doradas, pero lo que mas me llamó la atención fue el sombrero, era extraño pero muy llamativo, me gustaba el sombrero, bueno, él metió la mano en su bolsillo y sacó 5 metras, las metió en la riña y me dijo con una sonrisa fea: vamos a jugar. Jugamos, saco rápido tres pichas de la riña y me tocó a mi, pensé: ¿que pasará si pierdo? Y ahí tuve miedo, jugué, saqué tres yo también y luego le tocó a él, saco una mas y falló, quedaban tres metras, y las tres eran de él, me concentré y no fallé, seque las tres que quedaban y gané, el duende se quedo agachado al lado la riña y en ese momento brinqué, le quité el sombrero y me fui corriendo hasta la puerta del patio, me detuve, voltee y el duende aún estaba ahí, viéndome fijamente, con rabia, me grito que el sombrero no estaba en juego, pero que con él podría ganarle a quien sea. Entré a la casa, cerré la puerta y en mi cuarto examine bien las pichas que le gané y el sombrero, al otro día en el medio de la riña estaba esta botella con mas pichas dentro, he perdido unas jugando con otros duendes, me pongo el sombrero cuando ellos aparecen y se me quita el miedo, juegan bien, pero no se emocionan como nosotros, son aburridamente competitivos”. miércoles, 2 de marzo de 2011
Ese 27... Febrero 27!!

Unos días de reflexión constante bastaron para traer en vagas letras lo que hace 22 años ocurrió en mi país… Si dejo pasar unos segundos más, al escribir, mi cerebro trae al pensamiento imágenes difusas pero que hoy puedo relatar sin mucho esfuerzo; se los contaré, y debo agradecer primero que nada a esas circunstancias poco casuales en las que llegan algunas interrogantes y, que sin duda dispersan lo casual para que el pasado tome vida y se manifieste con el único objetivo de dejar un sustento más para el futuro que crece con curiosidad.
Todo empezó con una pregunta: - ¿Maryú y donde estabas tú el 27 de febrero de 1989?-
En mi hogar todos se levantaron muy temprano ese lunes, mi abuela me despertó como todas las mañanas para ir a la escuela, pero rápidamente se enteró por los vecinos que ese día no habría actividad escolar
-“¡es que en Caracas hay peo!”- dijo el vecino de lentes cuadrados y voz ronca.
Él era educador y estaba más informado que nosotros, pues en mi casa no había televisor, solo un viejo radio que sintonizaba las emisoras que quería y cuando quería.
Así se vivía en mi casa en aquel tiempo, sin saber si al día siguiente tendríamos pan para llevarnos a la boca.
Nada de eso causaba gran asombro en mí, apenas tenía 6 años y la única noticia emocionante en ese momento era que no tendría clases por unos cuantos días. Así pues, de nuevo en casa, dejé las bolsas sobre la mesa y corrí a la casa de mi vecina, crucé el alambrado ensuciándome las manos y me despeiné un poco cuando mi cabello quedó enredado entre un filo sobresaliente del alambre y el gancho que llevaba puesto en la cabeza.
Mi amiga y vecina Yoli tenia como 3 años más que yo, y cuando la vi entendí que era algo serio lo que pasaba, ella tenia familia en Caracas y la preocupación de sus padres le afectaba, me dijo que El Presidente había dicho cosas por televisión la noche anterior, y que la gente salió a las calles a protestar por aquello que dijo. Yo la escuchaba atentamente pero seguía sin entender.
A las 6 de la tarde cerraron la puerta de mi casa y apagaron las luces, a lo lejos se oían sirenas, yo, asomada por un hueco en la ventana veía como pasaban patrullas de policías y militares a cada rato, era como si buscaran a alguien, como si persiguiesen "ladrones". Ésa noche mi tío tenia que ir hasta otra casa, por alguna razón que ahora no recuerdo, esperó pacientemente a que los guardias dejaran de pasar, y cuando el silencio se hizo casi universal abrió la puerta, se despidió y salió corriendo. Detrás de él mi abuela se ocupó de cerrar la puerta con cautela, a la vez que pronunciaba; -"Ten cuidado mijo". –
Me quedé observando por la ventana y vi como con sus dotes de corredor mi tío se alejaba cada vez mas del hogar, pero de pronto lo vi detenerse, a lo lejos aun podía divisar su figura, su mono rojo y su camisa blanca sin mangas, se detuvo y alzó los brazos al aire como en señal de rendición, contuve la respiración y corrí hasta la otra ventana para ver mejor qué ocurría, mi corazón brincó de pánico cuando vi una camioneta oscura con las luces apagada y cinco soldados armados que lo rodeaban y apuntaban como a un criminal, temí por su vida, temí por la vida de mi abuela que también contemplaba en silencio lo que pasaba.
Noté que gesticulaba parsimonioso, sin pretensiones, señalaba nuestra casa y señalaba el camino que se disponía a tomar, lo revisaron, lo empujaron y por un momento pensé que le golpearían con sus armas, pero por alguna razón, no fue así. Lo dejaron ir, siguieron su camino en medio de la oscuridad, con sus luces apagadas y prestos a "salvaguardar" sabrá Dios a quienes.
Cuando lo vi al día siguiente le pregunté: ¿Tío, qué te dijeron, qué te preguntaron? Y el contestó con una sonrisa -solo para disipar mis nervios-:
-Nada, que para donde iba, y por qué había salido si sabía que había “toque de queda” en todo el país, y que después de las 6 de la tarde nadie tenía que andar en la calle.-
En ese momento entendí por qué estaban las luces apagadas desde temprano, por qué todos hablaban en susurros, por qué todos estaban nerviosos, sabía que los militares tenían que ver con todo eso y empecé a sentir animadversión por lo que desde ahí, siempre creí que representaban: la opresión contra los indefensos. (Mi opinión varió un poco al respecto con el pasar de los años… solo un poco)
Entre los días 28 y 29 y, gracias al poder adquisitivo de mis vecinos pude ver en imágenes lo que ocurría en Caracas, fotos de personas que corrían con grandes cajas y bolsas sobre sus hombros, policías que disparaban, sangre en las aceras, cuerpos sin vida en el pavimento. Recuerdo claramente la imagen de un hombre con una pierna de ganado sobre su espalda, y seguí entendiendo, la gente lo hacia por una sola razón: El hambre.
Entendí que ellos no tenían gallinas ni vecinos con gallinas a las cuales sacrificar cuando sus hijos le pidieran comida, entendí que la remuneración de sus trabajos no era suficiente para costear sus necesidades, entendí que ellos estaban peor que yo, porque seguro su situación era tal que no sintieron temor de salir a la calle para reclamar por la fuerza lo que necesitaban, para gritarle al mundo que ése gobierno no actuaba de acuerdo a las necesidades del pueblo y que no le importaba la vida de esos seres humanos.
Hoy, después de 22 años de aquellos sucesos, hay videos y reportes que dicen que fueron tantos los muertos y fue tanta la tragedia que no se tiene una cifra oficial sino aproximada de las personas que perdieron sus vidas. De los cientos de muertos encontrados, una gran parte fue sepultada en fosas comunes, en un lugar donde el nefasto gobierno de aquel entonces denominó “la peste”. Eso representó la vida de aquellos que sólo pedían comida, fueron la peste los que dejaron de respirar añorando un cambio trascendental, fueron la peste los que cerraron los ojos sin saber que sus familias jamás dejarían de llorarlos por ni siquiera saber el paradero de sus cuerpos. Fueron la peste los que hoy yacen vivos en recuerdos aun clamando JUSTICIA.
Hoy, muchos pretenden que olvidemos lo que ocurrió, mi memoria es vaga en cuanto a estos sucesos pero jamás olvidaré aquellas imágenes, jamás podrán borrar el temor que sentí al pensar que mi tío perdería su vida aquella noche. No puedo imaginar así el dolor de las madres, esposas e hijos de quienes murieron clamando atención. Poco me importa hoy si eran izquierdistas o derechistas, poco me importan hoy si eran revoltosos o no, solo sé que murieron, que la muerte tal y como la he contemplado seguirá siendo incólume ante los colores políticos.
Lo que me importa hoy, es que mañana cuando mi hijo abra los ojos al mundo, conozca de ésta historia que hoy pretenden que olvidemos. Si, Alejo, esto es para ti, para que jamás permitas que te disfracen el pasado de dolor que tuvo que vivir este país por unas cuantas bolsas de comida, para que siempre te sientas pueblo, para que comprendas por qué hoy hablamos de socialismo, de revolución y de igualdad, para que en tu sentir de pueblo no olvides que hay una lucha que se libró a sangre y sin temor para que hoy tu puedas sonreír cada mañana después del vaso de jugo. Para que en tu sentir de pueblo; tus hijos sigan conociendo la historia, es tu deber que ellos también tengan memoria, memoria de pueblo. Memoria de pueblo valiente.